(Por Alberto Arce p)
GUSTAVO BALLAS: 45 AÑOS DE UNA NOCHE ETERNA
Hay noches que terminan cuando se apagan las luces.
Y hay otras que se quedan encendidas para siempre.
La del 11 de septiembre de 1981 pertenece a esas noches eternas.
Han pasado exactamente 45 años, pero todavía parece posible escuchar aquel rugido del Luna Park, sentir el temblor de sus tribunas y volver a ver a un muchacho nacido en el barrio Rivadavia tocando el cielo con sus propias manos.
Se llamaba —se llama— Gustavo Ballas.
Aquella noche subió al ring llevando mucho más que sus guantes. Llevaba sus sueños, su sacrificio, las ilusiones amasadas desde pibe y esa esperanza inmensa que acompaña a quienes alguna vez se animaron a imaginar lo que parecía imposible.
Del otro lado estaba el sudcoreano Suk Chul Bae. En juego, nada menos que un lugar en la historia.
Y la historia eligió a Ballas.
En el octavo asalto llegó el desenlace. Nocaut técnico.
Después, el estallido.
El Luna Park rugiendo como en sus noches más gloriosas. Los brazos levantados. La emoción desbordada. Los abrazos. Las lágrimas. Y aquel pibe de barrio convertido, de repente, en campeón mundial.
Gustavo Ballas se transformaba así en el primer campeón mundial supermosca de la Asociación Mundial de Boxeo.
Pero aquella noche hubo algo todavía más grande que un cinturón.
Hubo un instante mágico.
Ese momento irrepetible en el que un hombre comprende que todos los kilómetros recorridos, todos los golpes soportados, todas las madrugadas de esfuerzo y todos los sueños guardados durante años caben, finalmente, en un segundo de felicidad.
Ballas era campeón del mundo.
Y mientras el Luna Park lo abrazaba con un rugido ensordecedor, seguramente en algún rincón lejano de su memoria volvía a aparecer aquel pibe del barrio Rivadavia que alguna vez se permitió soñar.
Ese pibe había llegado.
Había tocado el cielo.
Han pasado 45 años.
El calendario podrá decir que aquella pelea ocurrió el 11 de septiembre de 1981.
La memoria, en cambio, dice otra cosa:
aquella noche todavía no terminó.
Existen victorias que pertenecen a una fecha.
Y -afortunadamente- existen noches que, eternidad.ñndeza, pertenecen para siempre a la eternidad.
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