A la Plaza Ocampo hay que quererla. Abrazarla. Visitarla. Protegerla.
Pero quererla de verdad exige algo más que declararle amor en los días de partido. Hay que sentirla propia, como se siente una casa de la familia. Y cuando una casa tiene heridas, no alcanza con pasar de tanto en tanto, mirar desde la puerta y decir que está todo bien.
La Plaza Ocampo tiene años. Tiene historia. Y también tiene achaques que ya no se disimulan con una buena foto.
En los días de partido necesita lo de siempre y aquello que, por razones de presupuesto, parece quedar eternamente para después. Ya ni siquiera hablamos de renovar un sistema lumínico que quedó arcaico o de restituir las tribunas tubulares detrás de los arcos. Hablamos de cuestiones bastante más elementales.
«Con la gente que va hoy a la cancha, les alcanza y sobra. Que se conformen con esto», se escuchó por allí. Una frase cómoda, sobre todo para quien no tiene que usar un baño descuidado, abrir una canilla sin agua o convivir con vidrios rotos, paredes descascaradas y aberturas en mal estado.
Quizá, por ahora, el estadio alcance para quienes concurren. Lo que no sobra es cuidado.
También está el wifi, que lleva tanto tiempo funcionando mal que ya merece un lugar en la historia de la cancha. Su señal será deficiente, pero la señal de desatención llega con una claridad admirable.
Hubo tiempos en que se recorría el estadio de punta a punta, incluso se subía a los techos para comprobar que todo estuviera en orden. Tal vez entonces había que demostrar que escoba nueva barría bien. Ahora la escoba parece guardada. Y el polvo, como suele pasar, no pide permiso para instalarse.
La Placita necesita recorridas constantes, arreglos concretos y una decisión de cuidarla que dure más que el entusiasmo de una visita. Allí trabajan personas que conocen cada rincón y saben lo que significa querer ese lugar. Son de lo mejor que tiene la Catedral de nuestro fútbol. Merecen que ese compromiso encuentre respaldo.
La lista de tareas para mejorar la Casa Madre es larga. Nadie reclama obras faraónicas. Se pide que funcionen las cosas básicas, que se reparen las heridas visibles y que no haya que esperar a que algo termine de romperse para prestarle atención.
«Lo viejo funciona, Juan», dice la frase de El Eternauta. La Plaza Ocampo, nuestra Casa Grande, todavía puede hacerlo. Pero hasta lo más querido necesita manos que lo cuiden.
Ah… y, si es posible, menos «cancheros» que sólo aparezcan para la foto en las redes sociales. Una visita para comprobar si sale agua de las canillas también sería digna de publicación.

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