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LA PLAZA OCAMPO, EL ESPEJO DE UNA SOCIEDAD QUE TAMBIÉN SE ESTÁ ROMPIENDO

LA PATEAN TODOS

Hay escenas que se repiten tanto que corren el riesgo de parecernos normales. Y ese es justamente el mayor peligro.

Los robos. Los destrozos. El vandalismo.

La Plaza Ocampo vuelve a ser noticia, pero no por un gol histórico ni por una final inolvidable. Esta vez volvió a sufrir otro robo de cables. Es el tercero en menos de un año y medio. Los delincuentes arrancaron el tendido que une uno de los vértices del estadio —el más cercano a San Juan y Alem— con las cabinas de transmisión y los baños.

Resultado: cabinas sin energía. Baños sin luz. Otra vez.

Sin embargo, la Plaza Ocampo sigue siendo el escenario elegido por muchos clubes. La eligen por comodidad, por seguridad, por ubicación y, sobre todo, por todo lo que representa para el fútbol de Villa María.

Pero cuidarla cada vez cuesta más.

La crisis económica golpea fuerte. Tan fuerte que ni siquiera el Mundial, que monopoliza las pantallas de televisores y celulares, alcanza para disimularla.

Pero la crisis económica no explica todo.

Hay otra crisis. Mucho más profunda.

La crisis de los valores.

Porque los baños de la Plaza Ocampo son blanco permanente del vandalismo.

Una y otra vez aparecen puertas destruidas, canillas robadas, sanitarios rotos.
Siempre hay alguien dispuesto a llevarse algo o a romper por el simple hecho de hacerlo.

Y del otro lado también aparecen los responsables.

Algunos futbolistas.

Está el delantero de una reserva que erra un gol debajo del arco, pierde el control y termina expulsado.
Y también el jugador consagrado de Primera que descarga su frustración pateando cada puerta que encuentra hasta llegar al vestuario, como si la madera tuviera la culpa de una derrota.
Es otra postal repetida.
La violencia disfrazada de bronca.
La falta absoluta de respeto por un patrimonio que no pertenece ni a un club ni a un dirigente. Pertenece a toda la comunidad.
La Municipalidad intenta sostener, mantener y preservar uno de los escenarios deportivos más emblemáticos de la ciudad.

Pero pelea contra demasiados enemigos.

Contra quienes roban.
Contra quienes destruyen.
Y también contra quienes creen que romper una puerta o destrozar un vestuario forma parte del folklore del fútbol.

No. No lo es.

Los arcos de la Plaza Ocampo fueron testigos de cientos de goles inolvidables.
Pero sus paredes también guardan otra historia.
Las puertas abolladas.
Los vestuarios destruidos.
Las marcas de botines estampadas contra la madera.

Son las cicatrices de jugadores que se equivocaron dos veces: primero dentro de la cancha y después fuera de ella.
Y esas heridas también cuentan una historia.
La de una sociedad que cada vez tolera más la violencia y respeta menos lo que es de todos.
Por eso preocupa tanto lo ocurrido el último fin de semana en Carcarañá, donde un policía perdió la vida tras recibir el impacto de una piedra.
Un hecho gravísimo que pasó demasiado rápido por la agenda pública.
Como si ya nada sorprendiera.
Como si la violencia se hubiera convertido en parte del paisaje.
No lo es.
Está ahí.
Agazapada.
Esperando el momento para volver a golpear. No tiene la posesión, la tenencia, pero puede contragolpear.
Se vienen partidos difíciles.
Dentro de las canchas.
Y también fuera de ellas.
Y no hablo solamente de fútbol.
Mientras tanto, la vieja y querida Plaza Ocampo sigue resistiendo.
Resiste los robos.
Resiste el abandono.
Resiste la violencia.
Resiste la indiferencia.
Resiste y lucha contra el olvido.
Hay mañanas en las que pareciera que todos la necesitan y corren presurosos haciendo trámites y gestiones para conseguirla.
Pero también hay demasiadas tardes y noches en las que, sencillamente, la patean todos.
Y cuando una sociedad empieza a destruir los lugares que forman parte de su propia historia, ya no está rompiendo puertas, cables o baños.
Está rompiendo algo mucho más difícil de reparar: el respeto por sí misma.

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