En tiempos del “sálvese quien pueda”, el cooperativismo decidió meterse en el deporte.
Y se metió a jugar un partido que, primero, sorprendió a muchos; después comenzó a brindar señales que pocos esperaban y, finalmente, terminó encendiendo algunas alarmas.
Especialmente entre aquellos que durante años parecieron sentirse bastante cómodos contemplando cómo crecían los números de los plazos fijos.
Porque hay inversiones que producen intereses.
Y hay otras que, además, producen movimiento, trabajo, inclusión, entusiasmo y comunidad.
En pleno Mundial, la gestión de Darío Eduardo Ranco al frente de la Cooperativa de Tío Pujio avanzaba con la construcción de un Parque de los Deportes destinado a transformar notablemente la infraestructura de la localidad.
Pero mientras las obras avanzaban, sucedía algo más.
La Cooperativa entregaba gratuitamente camisetas de la Selección Argentina a todos los niños de Tío Pujio y de la zona rural, extendiendo posteriormente el beneficio a jóvenes y adultos que cursaran estudios y hasta a una asociación civil de Colonia Santa Rita dedicada a contener y acompañar a personas con adicciones.
En este último caso no hubo solamente camisetas.
También llegaron frazadas, estufas y materiales para construir una cocina que permitiera dejar atrás la difícil tarea de preparar los alimentos al aire libre cuando los primeros fríos del invierno comenzaban a convertirse en una preocupación.
De repente, un pueblo de apenas 4.000 habitantes apareció con centenares de niños y jóvenes vestidos con la camiseta de la Selección Argentina.
La imagen fue una buena noticia.
Y las buenas noticias —aunque algunas veces incomoden— también viajan rápido.
Los medios de comunicación y las redes sociales hicieron el resto. La experiencia comenzó a conocerse en ciudades y localidades del Departamento General San Martín y también más allá de sus límites.
Pero aquello no había comenzado con el Mundial.
Antes hubo equipamiento para todas las divisiones del Deportivo Tío Pujio y de Hipólito Yrigoyen. Este último recibió, además, un nuevo sistema lumínico.
Para los clubes significó algo bastante sencillo de asimilar: no tuvieron que sacar un solo billete de sus tesorerías.
Después llegaron una Supercopa, más trofeos, indumentaria y pelotas para la Liga Villamariense de Fútbol (la mayor) y premios para la Liga de Baby Fútbol.
Y entonces apareció una pregunta que resulta inevitable:
¿Cómo puede una cooperativa de una localidad de apenas 4.000 habitantes generar semejante contribución al deporte administrando excedentes como los que también poseen tantas otras entidades?
Tal vez allí empiece la parte incómoda del partido.
Porque lo enumerado ocurrió. Es concreto. Está a la vista.
Y seguramente vendrán nuevas inversiones —no gastos— destinadas al deporte y a otras instituciones de la comunidad.
La vara que instaló el cooperativismo tiopujense quedó alta.
Muy alta.
Y ahora los esforzados dirigentes que todos los días sostienen a los clubes comenzaron a descubrir otro lugar hacia donde mirar.
Durante décadas golpearon las puertas de municipios, productores, empresarios y comerciantes buscando ayuda, respaldo y contribuciones para sostener instituciones que demasiadas veces sobreviven haciendo equilibrio.
Ahora también comenzaron a mirar hacia cooperativas y mutuales.
La asfixiante realidad económica terminó dejando al descubierto un escenario con nuevos actores.
Ranco puso al cooperativismo activo en escena.
Y, casi sin proponérselo, dejó también expuestas sus diferentes vertientes.
Está el cooperativismo que distribuye, reinvierte, amplía servicios, genera trabajo, promueve acciones, acompaña instituciones y moviliza entusiasmo. El que demuestra que cuando los excedentes económicos se combinan con decisión, planificación e inversión, los resultados pueden ser extraordinarios.
Y del otro lado de la cancha está el modelo conservador.
Ese también tiene su estrategia.
Consiste, básicamente, en esperar.
Esperar que venza el plazo fijo.
Renovarlo.
Volver a esperar.
Mirar cómo aumentan los intereses.
Y custodiar la cuenta con una dedicación conmovedora, casi como si se tratara de una reliquia familiar que algún día habrá que exhibir detrás de una vitrina.
Mientras tanto, palabras como trabajo, expansión, solidaridad, empatía, inversión e inserción social parecen haber quedado afuera de algunas convocatorias.
Quizás hace mucho que no integran el vocabulario cotidiano.
O quizás nunca consiguieron un lugar en el equipo titular.
El problema es que los balances pueden mostrar cuánto dinero tiene una institución, pero difícilmente puedan explicar, por sí solos, para qué lo tiene.
Y allí comienza otra discusión.
Porque un plazo fijo puede generar intereses.
Una inversión en la comunidad también.
Solo que estos últimos no siempre aparecen en la columna de un balance: aparecen en una cancha iluminada, en un club equipado, en un chico con una camiseta, en una institución acompañada, en una cocina que deja de funcionar a la intemperie, en puestos de trabajo y en una comunidad que siente que algo está sucediendo.
Alguna vez se dijo que los Mundiales tapan todo.
Esta vez ocurrió exactamente al revés.
El Mundial ayudó a destapar algo.
Y alcanzó con el primer viento de agosto, ya en días de post Mundial, para que quedara una evidencia dando vueltas por la región: en materia de cooperativismo, no todos juegan en el mismo equipo.
Compartir en Redes Sociales