Por Alberto Arce (p)
Se despidió casi sin hacer ruido. Como jugaba.
Como cuando ingresaba al área intuyendo pasadizos secretos, descubriendo atajos que otros no veían, pero que él parecía conocer de memoria.
Lucas Barengo decidió retirarse del fútbol.
Y eligió hacerlo de la misma manera en que transitó buena parte de su carrera: sin estridencias, lejos de los grandes anuncios, con ese perfil bajo que siempre lo caracterizó.
Fue 9 y fue 10. Enganche, volante izquierdo, media punta… En el lenguaje del fútbol actual podríamos encontrarle muchas otras definiciones. Aunque quizá ninguna alcance para explicar completamente al futbolista que fue.
Porque Barengo, fundamentalmente, entendía el juego.
Formó una dupla ofensiva inolvidable con Matías Barbuio, primero en la Selección de la Liga Villamariense y después en Universitario. Una sociedad de aquellas que el tiempo transforma en recuerdo y el recuerdo, muchas veces, en nostalgia.
Hablaba poco. Casi que le pedía permiso a las palabras antes de pronunciarlas. Prefería los segundos planos, acaso porque sabía expresarse mucho mejor con una pelota en los pies.
Convirtió goles en muchas canchas sin ser estrictamente un 9 de área. Pero hubo una en particular donde parecía sentirse especialmente cómodo: la Plaza Ocampo. Allí se lució seguido. Allí encontró muchas veces esos espacios invisibles que sólo detectan los jugadores que saben mirar el fútbol unos segundos antes que los demás.
Intuitivo, inteligente y extraordinario lector de los partidos, manejaba a la perfección una máxima que parece sencilla pero que pocos pueden ejecutar: llegar y sorprender suele ser mucho más efectivo que estar esperando en el área.
Barengo nunca fue un futbolista estático.
Bajaba a recibir, se asociaba, tocaba de primera, limpiaba jugadas y volvía a aparecer metros más adelante. Tenía visión de juego y recursos técnicos propios de un mediocampista ofensivo, de aquellos viejos números 10 capaces de descubrir una asistencia cuando todavía nadie había imaginado la jugada.
Y también sabía generar espacios.
Al abandonar el área y no ofrecer referencias fijas, arrastraba marcas, confundía defensores y liberaba caminos para que aparecieran los extremos, los volantes o algún compañero llegando desde atrás.
Pero había algo más.
Barengo hacía mejores a quienes jugaban a su lado.
Y probablemente ésa sea una de las mayores virtudes que puede tener un futbolista.
Verlo jugar era una satisfacción.
Dirigirlo, un privilegio.
Porque con determinados jugadores la función de un entrenador consiste también en comprender que hay momentos en los que las pizarras deben hacerse a un lado. A Barengo había que otorgarle el máximo de las libertades futbolísticas. Dejarlo interpretar. Dejarlo imaginar. Dejarlo jugar.
Ahora decidió que llegó el momento de terminar el recorrido.
No hubo ruido.
No hubo grandes anuncios.
Lucas David Barengo se fue en silencio.
Pero el fútbol tiene una particularidad: guarda memoria.
Y en muchas canchas de nuestra región quedaron sus movimientos, sus goles, sus asistencias, sus diagonales y esas apariciones inesperadas que tantas veces terminaron en un abrazo.
Dejó huellas.
Habrá que saber encontrarlas.
Y, para los que vienen detrás, quizá valga la pena copiarlas.
Porque por allí, siguiendo esas huellas, comienza ese viejo, maravilloso y placentero viaje que todo futbolista alguna vez soñó recorrer: el camino hacia el gol.

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