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QUE LA CANCHA ESTE, MARIO

Por Alberto Arce (p)

Docente, sabio, estudioso. Porfiado y discutidor empedernido. Aunque, hay que reconocerlo, casi siempre tenía razón.
Mario Requena sabía de fútbol. Mucho.

Pero no de ese fútbol aprendido de memoria, repetido en frases hechas o acomodado a las modas. Mario estudiaba, observaba, preguntaba, probaba, discutía y volvía a empezar. El fútbol era para él una pasión, pero también un territorio infinito para investigar.
Fue amigo de Carlos Timoteo Griguol y de Marcelo Bielsa. Y alrededor de esa relación con el Loco existe una historia que el paso de los años convirtió casi en leyenda.

Cuentan que, hace ya una pila de años, un joven Marcelo Bielsa llegó a Villa María manejando un Fiat 147. Buscaba jugadores para llevar a Newell’s Old Boys de Rosario. Entró a un bar de la Villa y formuló una pregunta sencilla:

—¿Quién es el hombre que más sabe de fútbol aquí?
La respuesta fue inmediata:
—Mario Requena.
—¿Y dónde puedo encontrarlo?
Le indicaron que vivía a pocos metros de la plaza del barrio Santa Ana.
Bielsa fue a buscarlo.
Y aquel encuentro terminó convirtiéndose en una amistad para toda la vida, una relación cimentada en esa obsesión compartida por comprender el juego y que, con el paso de los años, hasta incluiría una visita de Mario a Inglaterra.

Cuando uno repasa las secuencias que quedaron archivadas en el enorme “laboratorio” futbolístico de Requena descubre hasta qué punto se animó a desafiar las convenciones.

Jugó con dos número 9 cuando casi nadie lo hacía.
Etrat-Ramallo, en aquel Alem campeón de 1980 y 1981.
Páez-Surbera, en el Alumni campeón del Ascenso cordobés de 1989.
Probó con línea de tres, de cuatro y de cinco. Jugó con carrileros y sin ellos. Dejó de lado los wines. Ensayó sistemas, modificó estructuras, buscó variantes y transitó mil caminos tratando de encontrar respuestas.

Pero, como en La Zamba del Grillo del enorme Atahualpa Yupanqui, siempre terminaban regresando aquellos “sentires que nunca se harán olvido”.

Su historia como entrenador había comenzado muchísimo antes.
Ameghino y las divisiones inferiores de River Plate fueron sus primeros destinos, en 1963. San Lorenzo de Las Perdices, cuarenta años después, fue el último.

Entre ambos extremos quedó una vida entera dedicada al fútbol.
En 1972 protagonizó algo que hoy resultaría impensado: dirigió simultáneamente a Colón de Arroyo Cabral y Unión Central. Eran otros tiempos y otro fútbol.

Y en 1994 protagonizó una de esas historias que parecen escritas especialmente para ser contadas muchos años después: salió campeón con River Plate ganándole la final 2-1 a Rivadavia.
Del otro lado estaba su hijo Pablo.
Padre contra hijo. Dos Requena. Una final. Y el fútbol sentado a la mesa familiar.
Porque si hubo algo que Mario hizo durante toda su vida fue discutir de fútbol.

Se enojaba seguido. Y algunas broncas podían durar bastante más que los noventa minutos de un partido.

No le gustaban demasiado las mesas de los cafés del centro para hablar de fútbol. Prefería jugar de local. En su casa, las charlas podían comenzar a cualquier hora y terminar cuando ya no quedaban argumentos… o cuando alguno decidía rendirse.

En los asados con periodistas ocurría algo todavía mejor.
Los hombres de prensa conocían perfectamente el mecanismo para encenderlo. Bastaba lanzar alguna teoría futbolera rebuscada, pronunciarla con absoluta seguridad y presentarla como una verdad indiscutible.
Mario escuchaba.
Esperaba.
Hasta que no aguantaba más.
Y entonces aparecía “Súper Mario”.
Se encendía, discutía, explicaba, gesticulaba, daba ejemplos, refutaba argumentos y convertía la sobremesa en otra clase magistral de fútbol.
A veces (y con razón) los ocasionales comensales sospechaban que los periodistas no pensaban realmente aquello que decían.
Que lo provocaban, que se trataba de una estrategia planificada con astucia.
Porque sabían que después venía lo mejor: escuchar a Mario hablar de fútbol.

Hoy el fútbol villamariense despide a uno de sus hombres más sabios. A uno de esos personajes que no solamente acumularon campeonatos, equipos y anécdotas, sino que dejaron conocimiento.
Porque Mario enseñaba.
Incluso cuando discutía.
Especialmente cuando discutía.

Las mesas de los periodistas perderán a uno de sus comensales más porfiados, apasionados y entrañables. El fútbol perderá una voz autorizada. Y quienes alguna vez compartieron una cancha, un vestuario, un café, un asado o una interminable conversación con él sentirán que, desde hoy, algo queda definitivamente vacío.

El querido Mario emprende viaje hacia el paraíso.

Y uno quisiera despedirlo tomando prestado aquel deseo maravilloso de Eduardo Sacheri:
“Que la cancha esté”.
Que esté, Mario.
Que haya una pelota.
Que alguien haya marcado las líneas.
Que los arcos tengan redes.
Que exista un banco desde donde mirar el partido.
Y que te estén esperando todos aquellos que se fueron antes.

Lo despiden con lágrimas y con un agradecimiento enorme aquellos doble 9, los defensores de las líneas de tres, cuatro y cinco, los carrileros y todos los futbolistas que participaron de tus ensayos, de tus búsquedas y de tus equipos.

Aunque hay un pequeño detalle.
Dicen que allá arriba también están esperando algunos wines.
Parece que quieren saber por qué un día decidiste dejarlos de lado.
Así que preparate, Mario.
Porque seguramente tendrás que explicarles tu teoría.
Y conociéndote, difícilmente aceptes que alguien te contradiga.
Otra discusión futbolera está por comenzar.
Y esta vez, como tantas otras, sospechamos que también vas a tener razón.

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